Rebeca Torres: “Criar a Contracorriente”

Soy Rebeca Torres, nací en Alcoy (Alicante) en 1983.

Me licencié en Psicología en la Universidad de Valencia e hice mis prácticas en la Asociación Amamanta. Asociación dedicada a la lactancia materna, totalmente desconocida para mi, pues en aquel entonces yo no tenía el más mínimo interés en la maternidad pero el destino quiso que entre las prácticas a elegir, pusiera como primera opción la cárcel de Picassent y como segunda opción Amamanta.

Era la primera vez que se ofertaban unas prácticas de este tipo y mi amor por los retos y la curiosidad, me hizo pedir una entrevista con la tutora que lo llevaba.

Al reunirme con ella, y contarme su proyecto, me fui enamorando de él, y me convenció al darme total libertad de trabajo, pues mi misión sería crear la plaza para demostrar si era útil la labor de una psicóloga en un entorno de maternidad.

Y ahí, entre la ilusión y el desconocimiento, firmé los papeles que me llevarían a adentrarme por primera vez en este mundo que hoy adoro.

En un entorno totalmente femenino, al que yo no estaba acostumbrada, conocí a mujeres luchadoras, fuertes, empoderadas y a la vez, asustadas y cansadas.

Juntas habían buscado hacer tribu para apoyarse y cuidarse en su proceso de maternidad, que distaba muchísimo de lo que la sociedad les había vendido, una maternidad edulcorada, llena de alegrías y luces. Allí, en cambio, descubrí las sombras de ser madre y la soledad cuando en la crianza se trataba de respetar al niño como un ser único y con derechos.

Viví el peso y la soledad de criar a contracorriente y pude elaborar una guía del impacto psicológico que supone tener que enfrentarse a la maternidad real tras las expectativas creadas.

Al terminar mis prácticas empecé a trabajar como Psicóloga sanitaria general en varias clínicas y traté a muchos pacientes. Trabajé con ellos en procesos de ansiedad, estrés, autoestima, entre otros y, un día, de la forma más casual, leí que se iba a ofertar un Máster en Psicología perinatal e infantil.

No lo dudé ni un segundo, por fin podía seguir especializándome en lo que me apasionaba. Y así seguí el camino que había empezado. Fue una formación fantástica pero mi tutor tuvo varios problemas ajenos cuando buscábamos plaza donde realizar las prácticas.

Habíamos tocado poco el tema de la infertilidad pero me había llegado al alma, así que le propuse crear una plaza en la Unidad de Reproducción Asistida del Hospital La Fe de Valencia. Costó mucho trabajo, horas de papeleos, frustraciones y muchas veces pensé que no lo conseguiríamos, pero al fin aceptaron, y así pude trabajar con ginecólogos y obstetras especializados en infertilidad.

Indagué, estudié y al fin hice una revisión bibliográfica exhaustiva para demostrar la necesidad de un psicólogo como parte del equipo de esterilidad, pues en la seguridad social no cuentan con uno.

Desglosar el impacto psicológico que supone el no poder tener hijos de forma natural me llevó a querer dedicarme a ello plenamente.

Mis prácticas acabaron y yo seguí trabajando como psicóloga general. Y así, de repente, y sin previo aviso, sentí la implacable necesidad de ser madre.

Surgió en mi un deseo tremendo, aunque tuve que esperar un poco a que mi pareja estuviera preparado. Busqué una ginecóloga que me revisara, pues padezco del Síndrome del Ovario Poliquístico y me recomendó empezar a hacer pruebas por si acaso necesitaba ayuda.

En el transcurso me quedé embarazada, poco más de tres meses después de haber empezado la búsqueda. Me enteré de casualidad y duró poco, pues a las horas comenzó un sangrado que me llevaría a vivir mi primera pérdida, “aborto bioquímico”, me dijo el doctor sin apenas mirarme a la cara. “No te preocupes, pasa mucho”, añadió la enfermera.

Esas palabras dolieron casi tanto como el propio aborto, con él se me fue la ilusión, me sentí perdida, sin saber dónde acudir, con ganas de gritar, pero sin poder porque tampoco lo quería contar, una ambivalencia dolorosa.

Poco más de un mes después quedé de nuevo embarazada, la alegría y el miedo vinieron juntos, por lo que acudí al hospital a que me revisaran.

Posible embarazo ectópico, fue el diagnóstico, “ven cada dos días para comprobar que la hormona CGH sube”.

Y así, con los brazos lastimados, un nudo en la garganta y el miedo en las entrañas, pasaron los días hasta que un domingo por fin lo vi, el corazón de mi hijo latiendo, fuerte, con ganas, pero tan lejos del útero, se había alojado en la trompa.

Se confirmaba el diagnóstico, había que operar de urgencia.

Sola, vinieron a ver el ecógrafo uno tras otro, hasta ocho pude contar, ninguno me miró a la cara, ninguno puso su mano sobre mi calmando mi alma dolorida.

La primera vez que lo veía y se lo iban a llevar tan pronto. Y así perdí mi trompa y con ella mis ganas de vivir.

Quedé derrotada, no quería salir, quería esconderme en mi dolor, huir.

Recibí apoyo de los míos que no sabían ni que estaba buscando embarazo, pero yo solo quería llorar, sola y tener a mi hijo en brazos.

Así, entre las prisas no me permití vivir el duelo y empecé un tratamiento de Reproducción Asistida. Hice una FIV, conseguí 6 embriones sanos de los 27 óvulos que sacaron.

De las dos transferencias, hoy soy madre de dos hijos.

Fue largo y complicado y viví en mis carnes el miedo, el dolor, la ansiedad, la incertidumbre y la culpa que antes había visto en consulta.

Cuando nació mi hija hace 4 años, no tardé en descubrir que era una niña de Alta demanda y con una sensibilidad diferente a los niños de su edad. Recibí críticas continuas por tenerla siempre en brazos, por amamantarla a demanda horas y horas, por no forzarla a estar sin mí y decidí que ella necesitaba de mi atención plena, así que me alejé del mundo laboral para dedicarme plenamente a su cuidado. Fue duro, aún lo es.

Es una niña maravillosa, con una actividad inagotable, curiosa y casi como un chicle, pegadita siempre a mí, criarla me hizo sentirme perdida muchas veces, exhausta.

Pero hace 20 meses decidí volver a intentar ser madre, allí me choqué con un personal sanitario poco empático, que despersonalizaba todo y que me trataban como si no supiera del tema. Quería hacer una transferencia de mis embriones sin medicación para que no afectara a mi niña que aún mamaba. Nadie quería hacerlo, hasta que por fin encontré a alguien que me escuchó. Acordamos cómo lo haríamos y en menos de dos semanas veía mi segundo positivo. Estaba desbordante de alegría y un día nos encerraron por la pandemia.

Embarazada, sola, con mi niña de dos años. La ansiedad volvió a mí, después de años creyéndola controlada.

El embarazo fue difícil y el parto complicado, lo que me llevó a tener depresión post parto.

Toda la teoría que conocía me vino a mí de golpe. Cuánto dolor, tener a mi bebé en brazos y sentir tanta tristeza.

El camino tuvo muchas subidas y bajadas y tuve que trabajar mucho en mi, también para reconstruir nuestra nueva familia, debíamos encontrar cada uno nuestro nuevo lugar.

Y poco a poco vi la luz. Y me descubrí a mí, pero gris, cansada y vacía.

Rebusqué en mis deseos y de casualidad me propusieron crear una Asociación pro crianza respetuosa, así lo hice y ese fue mi primer proyecto tras la maternidad.

Poco después empecé a escuchar amigas y conocidas con infertilidad y volvieron a mí todos los recuerdos profesionales y personales. Lo tenía claro, mi camino era visibilizar el impacto que supone la infertilidad y ayudar a vivir el proceso sin perder el bienestar emocional.

Esa era mi verdadera pasión.

Y así empecé este nuevo camino, formándome y amándome de nuevo en esta faceta maravillosa.

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