María Moraño Martínez

Me llamo María Moraño Martínez y soy psicóloga general sanitaria.

Si alguien me preguntara por mi más inmensa pasión, le confesaría que, desde siempre, han sido la lectura y la escritura, porque me conectan con las dos necesidades y deseos más importantes de mi vida: por un lado, me evaden de la multitud de estímulos que me rodean y me abruman, y me ofrecen un espacio exclusivo para mí; por el otro, me nutren de información, de conocimientos y de saberes que me permiten realizar mi trabajo cada día un poquito mejor.
Recuerdo con ternura, y con un poco de añoranza, esas tardes de mi infancia, después de terminar los deberes escolares, cómo observaba desde la ventana del salón de mi pequeño piso familiar al resto de niños y niñas jugar en la calle.

En esos momentos, yo elegía un libro de mi estantería y pasaba el tiempo, hasta la hora de la cena, en su exclusiva compañía.

No es que me incomodara el acompañamiento de otras personas, más bien en grupo me sentía extraña y algo fuera de lugar, por lo que siempre preferí una unión especial y un vínculo estrecho, alguien con quien poder interaccionar en un espacio de seguridad y tranquilidad, donde no sentirme juzgada y donde todo fuera recíproco, lo que se solía llamar “una mejor amiga”, preferiblemente, de mayor edad, para conversar de temas más profundos y trascendentales.

Aun así, la soledad, en mi caso, ha sido en muchos momentos, buscada y plenamente disfrutada, para poder llenarla con estas actividades que sólo podía realizar en la individualidad.

Me llenaba de tranquilidad y me sentía satisfecha, me permitía desconectar de los sentimientos acumulados a lo largo del día, pues siempre me ha ocurrido algo que hoy me atreveré a confesar en abierto: he creado un muro a la hora de abrirme y exponer mi parcela más privada, que ha sido muy intensa y muy voluble.

Y descubrí que podía, de una parte, olvidar por un tiempo mis sensaciones abrumadoras a través de la lectura, imbuyéndome en las historias ajenas que otras personas habían creado, y de otra, canalizar mis emociones por medio de la escritura, que se convirtió, sin yo saberlo, en un “método catártico”: recurriendo al boli y al papel liberaba mis alegrías, mis tristezas, mis miedos, mis temores, mis deseos.

Estas, la lectura y la escritura, han sido dos herramientas fundamentales a lo largo de mi existencia, a las que he tenido que acogerme en multitud de ocasiones y que, literalmente, me han salvado la vida.

Creo que más de una de mis lectoras se puede sentir un poquito identificada con este sentir mío.

Con respecto a mi profesión, la Psicología, te cuento que empecé mi andadura hace aproximadamente 15 años, justo un año después de licenciarme en la Universidad de Granada, pero no faltaría a la verdad si te dijera que esto viene de lejos pues, desde que tengo uso de razón, recuerdo cómo mis amigas me llamaban por teléfono por las tardes, después de las clases, para relatarme sus inquietudes y lo que en esos momentos eran sus mayores problemas.

Reconozco que siempre fui buena “escuchadora”, y no tanto abriendo mis emociones al exterior.

Muy para dentro con lo mío, muy para fuera con lo de los demás. Me sentía honrada de ser la persona elegida como “confesora”, pero cuando terminaba la conversación y les ofrecía el esperado consejo, ¡estaba tan cansada!.

Mi capacidad de poner límites era muy escasa, prácticamente nula, y así fui viviendo a lo largo de los años con amigas y compañeras, porque fui educada en un colegio religioso femenino.

Me refugiaba, para paliar las consecuencias derivadas de esta sobre-estimulación mal dirigida, en las tardes de lectura solitaria, en mis deberes, que siempre, siempre, terminaba, pero en los que empleaba muchísimo tiempo, y en acompañar a mis referentes adultos femeninos a sus tareas cotidianas. En todo momento haciendo lo correcto, lo que estaba mandado, ¡me dolía tanto que me regañaran!.

Esta rigidez, este intentar adaptarme incesantemente a lo que se esperaba de mí, me llevó a sufrir mi primera crisis psicológica a los 10 años, un Trastorno Obsesivo Compulsivo que me hizo padecer durante bastante tiempo y que aprendí a gestionar con ayuda de una buena psicóloga a la que guardo mucho cariño y con la que, aún hoy, mantengo contacto. En ese momento, supe cuál era mi vocación, y fue un sentimiento que se ha mantenido a lo largo de los años. Te estoy hablando de casi 30 años de foco.

Te mentiría si te dijera que no he tenido momentos de duda, porque así ha sido.

Te explico por qué, y me remonto a mis inicios: debido a que sólo a través de las letras era capaz de expresar mis emociones, teniendo apenas 6 años, empecé a confeccionar una pequeña carpeta de cartón azul, de las antiguas, forrada con plástico transparente de Mickey Mouse, que se puso de moda en mi barrio allá por mediados de los 80, y donde recopilé un buen inventario de mis poemas y textos. – Qué tesoro aquella carpeta. – Por este motivo, porque las letras me ayudaban en gran medida a encontrarme a mí misma y me hacían desconectar de las miserias del mundo, he tenido vacilaciones sobre lo que quería hacer en la vida y a dónde quería dirigirme, y en ciertos momentos barajé la idea de dedicarme al periodismo o a la literatura. También porque se me revelaban infinidad de estímulos y alicientes que me apasionaban.

En esos momentos, para nada baladíes desde el punto de vista de la responsabilidad que suponía el enfrentarme a varios senderos y tener que elegir, tuve que detenerme concienzudamente a reflexionar sobre mis prioridades, qué quería realmente para mi futuro, qué me faltaría si tomaba la decisión de escoger esos otros caminos y renunciar a mi foco, y entendí que no deseaba desvincularme de lo que me aportaría la psicología: un trasfondo espiritual, un amplio entendimiento del propio yo, una capacidad efectiva de ayuda al prójimo.

En definitiva, una vida alineada con mis valores.

Así que, tras estudiar Psicología, que me costó sudor y lágrimas porque me sacó de mi zona de confort, de mi ciudad, de mi familia, de mi pequeño círculo, para vivir durante 5 años en una nueva localidad con otros horarios, otras costumbres, nuevas relaciones… (¡qué dura fue esa época!), comencé a trabajar en el ámbito social, con diferentes colectivos de personas.

Mi primer contacto con la profesión fue con adicciones y enfermedad mental. ¡Cuánto aprendí de aquéllos tiempos, qué compañerismo, qué colaboración!.

Aún hoy conservo grandes amistades de aquel periodo. Recuerdo que disfrutaba mucho en los grupos de terapia, al observar los progresos y el apoyo entre las personas que asistían. Me llenaba el alma impartir formación. En este centro diseñé y dirigí, durante dos años, mi primer proyecto de atención y acompañamiento a personas vulnerables.

Tras esta experiencia vinieron más, en este mismo sector y en otros, con mujeres de todas las edades, adolescentes, menores, familias en conflicto, etc. Una gozada esta vivencia profesional, de corazón.

Aun así, mi patrón de conducta siguió latente, y se transformó a lo largo de los años, con otras máscaras, con otras caretas: con el mismo fondo.

La ansiedad, el estrés, el perfeccionismo rígido, la necesidad de saberme incluida y de ser aceptada, el agotamiento físico y emocional por no saber gestionar los tiempos disponibles y querer abarcar demasiado, el dejarme para el último lugar por complacer al resto, la dificultad para establecer límites saludables, el alto nivel de empatía ante el dolor ajeno, el sentimiento de carencia y de no encajar con el resto del mundo… han sido la base de toda mi problemática vital.

Fíjate que, aproximadamente en mi segunda década, sufrí un bloqueo en mi capacidad para escribir, simplemente, no podía.

Me sentía en una nebulosa, ante el típico “folio en blanco”, con multitud de ideas que no sabía cómo aterrizar, incapaz, frustrada. Esta ineficacia traía consigo muchos matices, entre ellos, un sentimiento enorme de inferioridad, de haber malogrado “ese don”. Pero también una sensación de falta de luz, de ausencia de perspectiva, de pérdida de horizonte, de vacío existencial.

Me ha costado muchos años retomar la escritura, sentarme frente al papel, reconocerme, aceptarme como la misma persona que siempre había sido, igual pero diferente, con más aristas fruto del paso del tiempo, con más cicatrices y con más arrugas, y también con más experiencia. Sin vergüenza y con la cabeza alta. Hoy lo veo, lo reconozco, lo acepto, lo agradezco y lo bendigo, porque me hace estar presente, encauzada y en paz.

Me pongo a tu disposición para mostrarte lo que la psicología – como ciencia que estudia el comportamiento humano – me ha enseñado, el proceso que yo he seguido y la forma en la que he podido acompañar en psicoterapia a otras personas que se sentían terriblemente perdidas y abrumadas.

Para que brotes de tus profundidades como una flor de loto.

¿Te subes a mi barco?

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