¿Te traduces?
«A veces, no es que no queramos relacionarnos.
Es que estamos agotados de tener que dejar de ser nosotros mismos para poder hacerlo.»
Hay algo de lo que se habla poco cuando hablamos de neurodivergencia: el enorme desgaste que supone intentar encajar en un mundo en el que, muchas veces, sentimos que tenemos que traducirnos constantemente para ser comprendidos.
Aprendemos a medir nuestras palabras, moderar nuestras reacciones, disimular nuestra intensidad, contener nuestras emociones, justificar nuestras diferencias y vigilar cómo nos mostramos. Pensamos si hemos hablado demasiado, si hemos sido demasiado directos, si nuestra forma de expresarnos habrá incomodado a alguien o si, una vez más, alguien habrá interpretado mal lo que somos.
Y así, casi sin darnos cuenta, empezamos a relacionarnos desde la autocensura y no desde la autenticidad.
Pero ¿sabes qué ocurre cuando pasas demasiado tiempo intentando parecer alguien que no eres?
Que te agotas. Y mucho.
Porque mientras intentas afrontar las exigencias cotidianas, tu mente no necesariamente está procesando una sola cosa cada vez. Hay personas neurodivergentes que experimentan una actividad cognitiva extraordinariamente ramificada: una idea conduce a otra, cada detalle abre nuevas posibilidades, cada estímulo puede desencadenar asociaciones, interpretaciones, anticipaciones y escenarios que se multiplican a una velocidad difícil de explicar.
Donde aparentemente hay una conversación, quizá nosotros estamos procesando simultáneamente el contenido, el tono, los gestos, las contradicciones, los silencios, las intenciones posibles y todo aquello que no se ha dicho.
Percibimos detalles que otros quizá ni registran. Establecemos conexiones, anticipamos consecuencias, contemplamos alternativas y profundizamos en situaciones que, desde fuera, pueden parecer sencillas.
Y a todo eso hay que sumarle la sensibilidad, la empatía, la intensidad emocional, las necesidades sensoriales y el esfuerzo ejecutivo que puede implicar algo tan cotidiano como organizar el día, mantener una conversación o permanecer en un entorno que nos sobrecarga.
¿De qué nos agotamos?
No siempre estamos cansados/as de hacer cosas… A veces es que estamos agotados de procesar tantas cosas! Y al mismo tiempo, intentamos que nadie note cuánto esfuerzo nos está costando que nadie lo percioba. Es un doble trabajo!
Por eso, cuando llega un momento en el que dejamos de buscar determinados encuentros, evitamos ambientes que nos saturan o preferimos permanecer en nuestros espacios de tranquilidad, no siempre estamos huyendo de la gente.
A veces estamos huyendo del esfuerzo de tener que justificarnos.
De las conversaciones repetitivas que nos desgastan, de las esperas interminables, de las explicaciones sin sentido, de las críticas que no contemplan nuestra perspectiva y de esa necesidad constante de demostrar que nuestra manera de pensar, sentir o reaccionar también tiene una lógica.
Al final te das cuenta de algo
Y llega un momento en el que algo cambia.
Dejas de sentir que tienes que estar disponible para todo el mundo. Dejas de forzarte a participar en situaciones que te dejan emocionalmente exhausto. O simplemente vacío/a.
Dejas de invertir una energía inmensa en relaciones en las que no puedes mostrarte tal y como eres.
Empiezas a elegir.
Y elegir estar a solas no siempre es aislarse. A veces es recuperar el derecho a existir sin tener que interpretarte, corregirte o disculparte constantemente.
Porque hay una diferencia enorme entre estar solo porque tienes miedo de no ser aceptado y elegir tu propia compañía porque has descubierto que no necesitas vivir permanentemente sometido a las exigencias de los demás.
Eso sí, tampoco debemos romantizar el aislamiento: cuando nace del miedo, del rechazo o de la sensación de no pertenecer a ningún sitio, puede doler profundamente. Necesitamos vínculos, comprensión y espacios donde podamos ser nosotros mismos sin sentirnos examinados.
Pero también necesitamos dejar de confundir adaptación con renuncia a nuestra identidad.
No queremos necesariamente menos mundo. Queremos un mundo en el que no tengamos que hacer un esfuerzo extraordinario para poder formar parte de él.
Elegir libremente
Queremos conversaciones que nos estimulen, personas con las que no tengamos que medir cada palabra, relaciones en las que nuestra intensidad no sea un problema y espacios donde nuestras diferencias no necesiten una explicación permanente.
Y, mientras encontramos esos lugares y esas personas, tenemos derecho a refugiarnos en nosotros mismos.
A vivir a nuestro ritmo.
A proteger nuestra energía. A elegir dónde, cuándo y con quién queremos compartirla.
Porque quizá el verdadero descanso no consista en dejar de pensar, sentir o percibir tanto.
Quizá consista, sencillamente, en dejar de tener que disimularlo.
No quiero aprender a parecer neurotípica para conseguir encajar.
Quiero poder ser quien soy sin tener que pagar el precio de agotarme para que los demás se sientan cómodos con mi existencia.
Y si algo de todo esto te resuena, quizá no necesitas exigirte todavía más para aprender a relacionarte con el mundo.
Quizá también necesitas encontrar personas y lugares donde, por fin, puedas dejar de defenderte de él.
Porque ser tú no debería ser el esfuerzo más agotador de tu vida.
Anna Company Gálvez
Analista de perfiles neurodivergentes
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